Desde este poema, la palabra buscará compañía en las artes. No una imagen que la ilustre, sino una obra que la interrogue, la prolongue o revele otro de sus sentidos. Porque un poema no siempre termina en sus versos. A veces continúa en un lienzo, en la piedra o en una forma.
He de salvarme de quererte tanto.
El deseo no es la sala de espera
ni una promesa siempre venidera,
sino el susurro de un lejano canto.
Es darnos la mitad de a saber cuánto
y dejar el resto siempre allá afuera;
cada canción fabrica una quimera
y quedamos prendidos de su encanto.
Elegir cada cual su propia vida,
poder mirarnos siempre frente a frente,
sin invadir los mundos levantados.
Quererte sin borrarme es la salida
y sostener el pulso del presente:
amigos, nunca amantes aplazados.
Raquel Fraga
Remedios Varo, La despedida, 1958
Óleo sobre lienzo, 34 × 24 cm.
Colección particular.
Dos figuras se alejan por corredores distintos mientras sus sombras, proyectadas sobre el suelo, permanecen unidas. La separación sucede en el mundo visible; el vínculo, en cambio, persiste en ese territorio íntimo que no obedece enteramente a la voluntad.
La obra puede leerse como la aceptación de dos caminos que ya no deben confundirse: conservar el afecto sin convertirlo en promesa, elegir la propia vida sin negar cuanto fue compartido. Por eso dialoga con Punto de fuga: ambos hablan de un amor que no desaparece, pero que aprende a no reclamar un destino.
Correspondencia musical
La Bohème, de Charles Aznavour, llegó hasta este poema casi por azar. La compartí porque su música me devuelve a mis años en Londres, cuando la escuchaba con frecuencia y todavía ignoraba cuánto puede permanecer una canción dentro de nosotros.
Después reparé en su final. El viejo pintor regresa a Montmartre buscando el escenario de su juventud, pero ya no reconoce las calles ni encuentra el antiguo taller. El tiempo ha transformado el lugar y las lilas han muerto. Comprendí entonces que la canción también dialogaba con Punto de fuga: ambas obras hablan de aquello que fue verdadero y hermoso, pero que ya no puede recuperarse como forma de vida. La memoria permanece; el mundo al que pertenecía, no.



