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sábado, 4 de julio de 2026

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una

 





universidad de valladolid


Hay trabajos que no caben del todo en las páginas que se entregan. Uno los imprime, los envía, los defiende ante un tribunal, recibe una nota, escucha observaciones, agradece las palabras recibidas; pero sabe que ahí, bajo la apariencia ordenada del documento final, han quedado muchas horas invisibles. Horas de lectura, de duda, de corrección, de entusiasmo, de cansancio, de búsqueda. Horas en las que una idea se abre, se contradice, se afina y vuelve a empezar.

Mi paso por el Máster Universitario en Literatura Española y Estudios Literarios en Relación con las Artes, de la Universidad de Valladolid, ha sido una experiencia intensa, exigente y, sobre todo, profundamente hermosa. Llegué a él después de haber cursado el Grado en Español: Lengua y Literatura, pero también después de una vida muy ligada a la escritura, a la poesía, a los libros, a los talleres y a esa necesidad, que nunca se me ha ido, de seguir aprendiendo.

No llegué vacía. Llegué con una historia detrás. Con poemas escritos, con lecturas acumuladas, con libros publicados, con muchas horas de taller, con dudas antiguas y con preguntas nuevas. Y quizá por eso este máster no ha sido solo una continuación académica, sino también una manera de ordenar, ampliar y reconocer algo que ya venía latiendo desde mucho antes.

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una tiene algo muy especial. No se lee igual cuando ya has vivido mucho. No se entra del mismo modo en un poema, en una imagen o en una teoría. Las palabras ya no son solo materia de estudio. Rozan zonas de la memoria, de la pérdida, de la alegría, de lo aprendido a veces con esfuerzo. Una estudia, sí, pero también se reconoce. Y eso convierte el aprendizaje en algo más hondo, más íntimo, más verdadero.

A lo largo del curso, una de las cosas que más he disfrutado ha sido el diálogo entre la literatura y las artes. La palabra en contacto con la imagen, con la pintura, con el cine, con la escena, con la música, con otras formas de mirar el mundo. Esa mirada interdisciplinar ha sido, para mí, uno de los grandes regalos del máster. Me ha recordado que la literatura no vive encerrada en sí misma, sino que conversa constantemente con todo lo que somos: con la cultura, con la historia, con la sensibilidad, con la vida.

Durante la defensa de mi Trabajo Fin de Máster se habló también del tiempo de trabajo. Detrás de un TFM hay muchas horas que no se ven: lecturas, notas, correcciones, dudas, cambios de enfoque, búsquedas que se abren y se cierran. En mi caso, fue un proceso muy intenso, sostenido por el esfuerzo, pero también por el entusiasmo. Porque hay momentos en que una investigación deja de ser solo obligación académica y se convierte en una forma de comprender algo que nos importa profundamente.

Mi Trabajo Fin de Máster nació precisamente de una pregunta que me acompañó durante meses: qué ocurre con el sujeto en ciertas formas de la poesía moderna, especialmente en José Ángel Valente y en el haiku. Al principio, trabajé con nociones como impersonalidad y despersonalización, que ayudan a pensar esa retirada del yo tan presente en la poesía contemporánea. Pero poco a poco fui viendo que no bastaban del todo. No se trataba simplemente de que el sujeto desapareciera, sino de que cambiaba de lugar.

Ahí apareció una palabra decisiva para mí: atención. La atención como una forma de escucha, de apertura, de disponibilidad ante lo real. En Valente y en el haiku encontré una poética donde el yo deja de imponerse como centro dominante y aprende a retirarse un poco, a hacer sitio, a dejar que el mundo aparezca. Esa ha sido una de las intuiciones más importantes de mi trabajo: que la poesía no siempre consiste en decir más, sino en mirar mejor; no siempre en llenar la página, sino en saber dejar en ella un espacio donde algo pueda respirar.

El proceso no estuvo libre de inseguridades. Sería imposible decir lo contrario. Hubo momentos de duda, de cansancio, de preguntarme si estaba enfocando bien el camino, si el trabajo tenía la solidez necesaria, si lograría decir con claridad aquello que intuía. Pero ahora, al mirar atrás, creo que esas dudas también formaban parte del aprendizaje. Investigar no consiste en tenerlo todo claro desde el principio, sino en atreverse a permanecer dentro de una pregunta, incluso cuando todavía no sabemos del todo a dónde nos lleva.

La defensa del TFM fue uno de esos momentos que se quedan guardados con una mezcla de nervios, emoción y gratitud. Después de tantas horas de trabajo, sentir que el tribunal había leído con atención, que reconocía la solidez de la propuesta y que además sugería caminos posibles para ampliarla, fue muy emocionante. No solo por la valoración académica, sino por algo más sencillo y más profundo: la sensación de que todo ese esfuerzo había sido recibido, leído y comprendido.

Agradezco mucho el acompañamiento de Alfonso, mi tutor, durante este camino. Su orientación ha sido fundamental en el desarrollo del trabajo. En una investigación, la figura del tutor importa mucho, porque una necesita a alguien que sepa señalar, sugerir, ordenar y, al mismo tiempo, dejar espacio para que el pensamiento propio encuentre su respiración.

Agradezco también a los profesores del máster las lecturas, las preguntas, los enfoques y las herramientas que han ido dejando huella a lo largo del curso. A veces una no sabe en el momento exacto qué semilla está recibiendo; solo más tarde descubre que una clase, una observación o una lectura han abierto una puerta que ya no se cierra.

Termino este máster con una felicidad muy grande. Con cansancio, sí, pero también con una alegría serena, de esas que iluminan por dentro. No siento que haya llegado a un final cerrado, sino más bien a un umbral. Hay trabajos que, al concluirse, siguen pidiendo continuidad. Hay preguntas que no se agotan en una defensa ni en una calificación. Y quizá por eso, junto a la satisfacción de haber terminado, queda también una pequeña llamada: la posibilidad de seguir pensando, de ampliar el marco, de abrir nuevas lecturas, de continuar, de algún modo, una investigación que ha tocado una zona muy viva de mi relación con la poesía.

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una no es volver atrás. Es descubrir que todavía hay habitaciones encendidas dentro de nosotros. Es sentarse otra vez ante los libros, no desde la prisa de quien busca solo un título, sino desde la gratitud de quien sabe que aprender también puede ser una forma de renacer.

Para mí, este máster ha sido eso: un tiempo de esfuerzo y de luz. Una casa abierta en medio del camino. Un lugar donde la literatura, el arte y la vida han vuelto a encontrarse. Y una confirmación íntima de que la palabra sigue siendo, todavía, una forma de atención, de búsqueda y de esperanza.

 

domingo, 21 de junio de 2026

Arquitectura descalza



Un número buscó geometría
del cuerpo que temblaba entre sus manos;
quiso ordenar sus pulsos inhumanos
y halló tan solo azar y rebeldía.

Probó restar la sed que le vencía,
multiplicar la ausencia de sus manos,
dividir en memorias los veranos,
sumar claridad donde más dolía.

Mas el amor no casa teorías,
ni pesa el corazón ni lo estructura;
descalzo va burlando simetrías.

Se ríe del compás y la cordura,
mezcla cifras, rompe teologías;
esculpe toda exacta arquitectura.


Arquitectura



lunes, 15 de junio de 2026

Un suspiro


Por mucho que mi mano se llene de tu piel en un momento
y mis dedos tecleen mil y un versos,
queda una grieta irreparable.

Recuerdo cuando tu boca se iba de la mía en un suspiro
y yo me quedaba colgada de tu aliento hasta la próxima vez.

¡Tanto te amaba, amor mío!
Palpitabas en cada una de mis palabras.

Corríamos locos y libres por nuestros cuerpos,
embriagados, lascivos, queriendo más…

Ahora somos dos seres partidos,
rotos en lo que pudo ser y no fue,
ceniza aún tibia entre las sábanas.

Atrincherados en un pequeño rayo de luz,
yo pensándote, tú recordándome.

Y así caemos tumbados,
uno y el otro,
en la distancia opaca del abismo,
llorando orgasmos ausentes.

Raquel Fraga

orgasmos ausentes


Análisis de la portada del libro Las Palabras de la tribu

 La práctica que presenté en uno de los trabajos del Master de Literatura Española en relación con las artes, se centró en el análisis de la edición de Las palabras de la tribu de José Ángel Valente publicada por Tusquets en 1994. No se trataba de estudiar el texto en abstracto, sino de atender al libro como objeto material: su portada, sus solapas, sus notas preliminares, su pertenencia a una colección concreta y, en definitiva, todo aquello que acompaña al texto y condiciona su recepción. Para abordar estos elementos resultó especialmente útil la noción de paratexto formulada por Gérard Genette, quien entiende la cubierta, las notas, las dedicatorias o la colección editorial como umbrales que median entre la obra y el lector.

El punto de partida del análisis fue la constatación de que una reedición nunca constituye una simple reproducción. La edición de Tusquets de 1994 y la de Siglo XXI de 1971 contienen los mismos ensayos, pero no son exactamente el mismo libro. La reedición introduce una nueva forma de lectura y modifica la relación del lector con el texto a través de distintas operaciones materiales y editoriales.

Uno de los aspectos más significativos es la portada. La edición original de Siglo XXI presentaba un diseño sobrio, cercano al ensayo crítico tradicional. En cambio, la reedición de Tusquets incorpora una pintura de Carl Spitzweg, El poeta pobre, en la que aparece un hombre anciano recluido en una buhardilla miserable, rodeado de libros y protegiéndose de las goteras con un paraguas abierto. La imagen construye una representación irónica y melancólica del poeta como figura marginal, entregada por completo al lenguaje y desligada de cualquier recompensa material. La elección de esta pintura no es inocente: antes incluso de que el lector abra el libro, la editorial ya está proponiendo una determinada idea de la poesía y del lugar que ocupa el poeta en el mundo. De algún modo, está construyendo un Valente previo a la lectura de Valente.

Igualmente revelador resulta el paratexto interior. La obra se integra en la colección Marginales de Tusquets, dirigida a un lector interesado en la poesía y el pensamiento contemporáneos. Esa inscripción editorial sitúa el libro dentro de un horizonte de expectativas específico y condiciona la forma en que será recibido. A ello se añade la ausencia de un prólogo externo: el volumen incluye únicamente las notas preliminares del propio Valente. Esta decisión parece reforzar la autoridad del autor sobre su obra, aunque esa autoridad termina revelándose mucho más compleja y ambigua de lo que podría parecer en un primer momento.

La segunda nota preliminar, escrita en Ginebra en 1993, más de veinte años después de la primera edición, constituye probablemente el núcleo más revelador de toda la práctica. En ella, Valente afirma que el libro ha sido “previamente aumentado, pero no corregido y en algunos extremos agravado”. La elección del verbo “agravar” resulta especialmente significativa en un contexto editorial donde cabría esperar referencias a mejoras o correcciones. Valente decide no revisar los ensayos porque entiende que pertenecen a otro momento de su vida y de su escritura. De hecho, llega a afirmar que aquellos textos fueron escritos por un autor con el que “en buena parte acaso haya coincidido”. La frase introduce una fractura temporal entre el Valente de 1971 y el de 1993 y convierte la reedición en una especie de diálogo entre dos momentos distintos de un mismo autor.

Esa distancia transforma profundamente la lectura. Cuando el lector llega al ensayo inicial, «Conocimiento y comunicación», ya sabe que el propio Valente contempla esos textos desde lejos, casi con extrañeza. Las reflexiones teóricas dejan entonces de funcionar únicamente como formulaciones críticas y adquieren también el valor de documentos pertenecientes a un momento intelectual ya concluido. La nota preliminar actúa así como un filtro histórico que desplaza el libro hacia una dimensión cercana a las memorias intelectuales.

También resulta significativa la tensión entre la voz del autor y la voz editorial. Mientras Valente insiste en la distancia, en la pérdida y en la imposibilidad de recuperar plenamente aquel momento de escritura, la solapa de Tusquets presenta el libro como una obra que reaparece “intacta” y “con el mismo vigor”. En el interior del mismo volumen conviven, por tanto, dos discursos diferentes: el del autor, consciente del desgaste y de la transformación del tiempo, y el de la editorial, que necesita reafirmar la vigencia de la obra.

Una de las principales dificultades de la práctica consistió precisamente en evitar una descripción meramente superficial. En un primer momento parecía suficiente enumerar datos materiales —la portada, las notas, el diseño o la colección—, pero pronto se hizo evidente que la cuestión fundamental no era describir esos elementos, sino interpretar qué efecto producen y cómo modifican la experiencia de lectura. Ese desplazamiento desde la descripción hacia la interpretación terminó convirtiéndose en una de las enseñanzas más importantes del trabajo.

Además, el propio Valente parece llevar al paratexto algunas de las tensiones que recorren sus ensayos y su poética. La distancia entre el yo que escribe y el yo que relee, la negativa a corregir los textos y la conciencia de que el lenguaje pertenece a un instante ya irrecuperable guardan una estrecha relación con esa poética del vaciamiento y de la atención que atraviesa buena parte de su obra. El libro no solo reflexiona sobre esas cuestiones: las encarna materialmente.

La conclusión a la que conduce esta lectura es que la materialidad del texto no constituye un aspecto secundario o externo a la interpretación. Al contrario, forma parte esencial de la producción de sentido. La portada, las notas, la colección o las decisiones editoriales no son simples añadidos: participan activamente en la construcción de la obra y en la forma en que esta llega al lector. El libro no es únicamente aquello que dice, sino también el modo concreto en que comparece ante nosotros.




miércoles, 10 de junio de 2026

La raíz invertida

Palabras como piedras se levantan,

oscuras desde el alba de tu herida,

como  enormes lápidas  en caída

que sin causa ni nombre me quebrantan.


¿Qué esperamos los dos mientras nos cantan

las sombras de una noche ya vencida?

El amor desordena la medida

y abre abismos que nunca se levantan.


No bajemos al reino de la duda,

ni a la lenta crueldad de la indirecta

ni convirtamos sangre en sombra muda.


Arranca la raíz que nos infecta;

llega con la verdad, limpia y desnuda,

hasta encontrar la voz que nos conecta.


Raíz problema amor





sábado, 6 de junio de 2026

Recital de poesía

 


La tentación de explicar la poesía


Hace unos días, preparando el recital poético de final de curso que celebraremos el próximo 12 de junio, a las 12:15, en el CIM de Altea, surgió una conversación que me hizo pensar.

Mientras ensayábamos los poemas que cada uno va a leer, uno de los alumnos me preguntó si podía hacer una pequeña explicación antes de declamar el suyo. Algo breve —me dijo— para que el público entendiera mejor el poema.

Le respondí, medio en serio medio en broma, que yo prefería que no. Que cada cual es libre de hacer lo que quiera, por supuesto, pero que quizá el poema debía llegar primero solo, sin muletas, sin instrucciones previas, sin alguien indicándonos de antemano qué debemos sentir o interpretar.

Y entonces pensé en la cantidad de veces que sucede esto en recitales, presentaciones o incluso conversaciones cotidianas sobre poesía. El poeta comienza diciendo: “Este poema habla de…”, o “Lo escribí cuando…”, y sin darse cuenta empieza a cerrar algunas puertas antes incluso de haber leído el primer verso.

No siempre ocurre, claro. A veces una breve contextualización puede ser hermosa. Pero existe también el riesgo de reducir el poema a una explicación, como si la poesía tuviera que justificarse o traducirse inmediatamente a un significado concreto.

Y quizá ahí se pierda algo importante.

Porque muchas veces el poema sabe más que quien lo escribe.

O, dicho de otra manera, hay poemas que nacen de un lugar que todavía no comprendemos del todo. Uno empieza a escribir movido por una imagen, un ritmo, una sensación difícil de nombrar. Algo insiste. Algo pide lenguaje. Y solo más tarde —a veces años después— entendemos parcialmente qué estaba ocurriendo allí.

Por eso me gusta que el poema llegue primero desnudo al lector o al oyente. Que encuentre su propia respiración en quien escucha. Que cada persona complete el sentido desde su memoria, sus heridas, sus preguntas o incluso desde aquello que no sabe explicar.

La poesía no funciona siempre como un mensaje cerrado. Se parece más a una puerta entreabierta.

Y quizá por eso algunos poemas que parecen muy claros se olvidan pronto, mientras otros permanecen dentro de nosotros sin que sepamos exactamente por qué.

Tal vez ahí, precisamente ahí, comienza la verdadera poesía.



tentación

lunes, 25 de mayo de 2026

Una sola verdad



Te quiero en lo que calla. 

No para poseerte, 

sino como luz que

apenas toca y ya sostiene. 

Entre tu distancia y la mía 

tiembla una sola verdad: 

que amar es no romper lo que aparece.

 

Te nombro sin dañarte. 

Te espero sin pedirte caída.

 Si esto arde, que arda

 con la claridad de lo que no destruye.

 Si esto vive, que viva 

en la quietud de lo que no se fuerza.


ocaso