Hay trabajos
que no caben del todo en las páginas que se entregan. Uno los imprime, los
envía, los defiende ante un tribunal, recibe una nota, escucha observaciones,
agradece las palabras recibidas; pero sabe que ahí, bajo la apariencia ordenada
del documento final, han quedado muchas horas invisibles. Horas de lectura, de
duda, de corrección, de entusiasmo, de cansancio, de búsqueda. Horas en las que
una idea se abre, se contradice, se afina y vuelve a empezar.
Mi paso por
el Máster Universitario en Literatura Española y Estudios Literarios en
Relación con las Artes, de la Universidad de Valladolid, ha sido una
experiencia intensa, exigente y, sobre todo, profundamente hermosa. Llegué a él
después de haber cursado el Grado en Español: Lengua y Literatura, pero también
después de una vida muy ligada a la escritura, a la poesía, a los libros, a los
talleres y a esa necesidad, que nunca se me ha ido, de seguir aprendiendo.
No llegué
vacía. Llegué con una historia detrás. Con poemas escritos, con lecturas
acumuladas, con libros publicados, con muchas horas de taller, con dudas
antiguas y con preguntas nuevas. Y quizá por eso este máster no ha sido solo
una continuación académica, sino también una manera de ordenar, ampliar y
reconocer algo que ya venía latiendo desde mucho antes.
Volver a
estudiar cuando la vida ya ha escrito en una tiene algo muy especial. No se lee
igual cuando ya has vivido mucho. No se entra del mismo modo en un poema, en
una imagen o en una teoría. Las palabras ya no son solo materia de estudio. Rozan zonas de la memoria, de la pérdida, de la alegría, de lo aprendido a
veces con esfuerzo. Una estudia, sí, pero también se reconoce. Y eso convierte
el aprendizaje en algo más hondo, más íntimo, más verdadero.
A lo largo
del curso, una de las cosas que más he disfrutado ha sido el diálogo entre la
literatura y las artes. La palabra en contacto con la imagen, con la pintura,
con el cine, con la escena, con la música, con otras formas de mirar el mundo.
Esa mirada interdisciplinar ha sido, para mí, uno de los grandes regalos del
máster. Me ha recordado que la literatura no vive encerrada en sí misma, sino
que conversa constantemente con todo lo que somos: con la cultura, con la
historia, con la sensibilidad, con la vida.
Durante la
defensa de mi Trabajo Fin de Máster se habló también del tiempo de trabajo.
Detrás de un TFM hay muchas horas que no se ven: lecturas, notas, correcciones,
dudas, cambios de enfoque, búsquedas que se abren y se cierran. En mi caso, fue
un proceso muy intenso, sostenido por el esfuerzo, pero también por el
entusiasmo. Porque hay momentos en que una investigación deja de ser solo obligación académica y se convierte en una forma de comprender algo que nos
importa profundamente.
Mi Trabajo
Fin de Máster nació precisamente de una pregunta que me acompañó durante meses:
qué ocurre con el sujeto en ciertas formas de la poesía moderna, especialmente
en José Ángel Valente y en el haiku. Al principio, trabajé con nociones como
impersonalidad y despersonalización, que ayudan a pensar esa retirada del yo
tan presente en la poesía contemporánea. Pero poco a poco fui viendo que no
bastaban del todo. No se trataba simplemente de que el sujeto desapareciera,
sino de que cambiaba de lugar.
Ahí apareció
una palabra decisiva para mí: atención. La atención como una
forma de escucha, de apertura, de disponibilidad ante lo real. En Valente y en
el haiku encontré una poética donde el yo deja de imponerse como centro
dominante y aprende a retirarse un poco, a hacer sitio, a dejar que el mundo
aparezca. Esa ha sido una de las intuiciones más importantes de mi trabajo: que
la poesía no siempre consiste en decir más, sino en mirar mejor; no siempre en
llenar la página, sino en saber dejar en ella un espacio donde algo pueda
respirar.
El proceso
no estuvo libre de inseguridades. Sería imposible decir lo contrario. Hubo
momentos de duda, de cansancio, de preguntarme si estaba enfocando bien el
camino, si el trabajo tenía la solidez necesaria, si lograría decir con
claridad aquello que intuía. Pero ahora, al mirar atrás, creo que esas dudas
también formaban parte del aprendizaje. Investigar no consiste en tenerlo todo
claro desde el principio, sino en atreverse a permanecer dentro de una
pregunta, incluso cuando todavía no sabemos del todo a dónde nos lleva.
La defensa
del TFM fue uno de esos momentos que se quedan guardados con una mezcla de
nervios, emoción y gratitud. Después de tantas horas de trabajo, sentir que el
tribunal había leído con atención, que reconocía la solidez de la propuesta y
que además sugería caminos posibles para ampliarla, fue muy emocionante. No
solo por la valoración académica, sino por algo más sencillo y más profundo: la
sensación de que todo ese esfuerzo había sido recibido, leído y comprendido.
Agradezco
mucho el acompañamiento de Alfonso, mi tutor, durante este camino. Su
orientación ha sido fundamental en el desarrollo del trabajo. En una investigación, la figura del tutor importa mucho, porque una
necesita a alguien que sepa señalar, sugerir, ordenar y, al mismo tiempo, dejar
espacio para que el pensamiento propio encuentre su respiración.
Agradezco
también a los profesores del máster las lecturas, las preguntas, los enfoques y
las herramientas que han ido dejando huella a lo largo del curso. A veces una
no sabe en el momento exacto qué semilla está recibiendo; solo más tarde
descubre que una clase, una observación o una lectura han abierto una puerta
que ya no se cierra.
Termino este
máster con una felicidad muy grande. Con cansancio, sí, pero también con una
alegría serena, de esas que iluminan por dentro. No siento
que haya llegado a un final cerrado, sino más bien a un umbral. Hay trabajos
que, al concluirse, siguen pidiendo continuidad. Hay preguntas que no se agotan
en una defensa ni en una calificación. Y quizá por eso, junto a la satisfacción
de haber terminado, queda también una pequeña llamada: la posibilidad de seguir
pensando, de ampliar el marco, de abrir nuevas lecturas, de continuar, de algún
modo, una investigación que ha tocado una zona muy viva de mi relación con la
poesía.
Volver a
estudiar cuando la vida ya ha escrito en una no es volver atrás. Es descubrir
que todavía hay habitaciones encendidas dentro de nosotros. Es sentarse otra
vez ante los libros, no desde la prisa de quien busca solo un título, sino
desde la gratitud de quien sabe que aprender también puede ser una forma de
renacer.
Para mí, este máster ha sido
eso: un tiempo de esfuerzo y de luz. Una casa abierta en medio del camino. Un
lugar donde la literatura, el arte y la vida han vuelto a encontrarse. Y una
confirmación íntima de que la palabra sigue siendo, todavía, una forma de
atención, de búsqueda y de esperanza.









