No se escribe para afirmar lo que habita,
sino para abrir en la forma una grieta leve
donde el sentido todavía no reclama nombre
y el temblor precede a toda figura.
Cuando algo avanza con exceso de claridad, se clausura;
cuando pretende fijarse, se deshace en su propia certeza.
Solo en la retirada del latido
la materia comienza a pronunciarse desde su fondo.
El mundo no estaba hecho. Respiraba
en una sombra anterior a la palabra,
en una densidad sin dueño donde el aire
sostenía ya aquello que buscaba nacer.
Nada era propio ni ajeno,
porque toda pertenencia exige un centro
y aquí el centro había cedido
sin gesto y sin memoria.
Entonces la forma se volvió espacio
y el lenguaje halló cuerpo en lo que tocaba,
mientras el silencio lo atravesaba intacto.
En esa leve retirada,
sin firma y sin dominio,
algo comenzó a existir.
Y lo que nació
no fue voz,
sino mundo
en el instante previo a decirse.









