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sábado, 29 de agosto de 2026

CASAS ABRAIADAS


Ao dobrar a curva,
a paisaxe apodérase da historia.
Os ferrollos das casas
cansaron de elaborar a súa ferruxe.
Os portóns de madeira vella
abren paso ao silencio decapitado
pola curiosidade duns pasos sen idade.

Fentos entre castiñeiros e pereiras.
Eucaliptos ergueitos entre silvas e toxos,
e o río, que discorre alleo á verdade,
empápase das escasas chuvias do verán.

O camiño é coma unha liña transparente
onde apenas queda nada por escribir.
Enredadeiras de tristeza esculpen os anos,
borran a alegría do que un día foi un fogar.

A esencia antóllase aos ollos: deleite,
tristeza dun abandono, sen máis.
O esquecemento é simplemente mofo que corroe
a virtude, a esencia e a verdade.

Pregúntome se sería necesario
repensar tan só unha palabra:

                     «Volver»



Raquel Fraga

Dereitos reservados

casas abandonadas



viernes, 14 de agosto de 2026

Una palabra donde cabe la estación

En el haiku, el tiempo no suele decirse de manera abstracta: se hace visible. Está en una flor que comienza a abrirse, en la primera helada, en el vuelo de un insecto o en el canto de un animal. A veces basta una sola palabra para que la estación entre entera en el poema.

Esa palabra es el kigo: un término que sitúa el haiku en un momento determinado del ciclo natural. No actúa únicamente como una indicación temporal, sino que incorpora al poema todo cuanto una estación lleva consigo: su luz, su temperatura, sus sonidos y también la conciencia de que nada permanece.

Este haiku nació de una experiencia vivida en la sierra de Mariola:

La perdiz vuela
de pronto las cigarras
guardan silencio

 

haiku

El kigo aparece en el último verso: «cigarras» nos sitúa en el verano. Sin embargo, lo que originó el poema fue algo todavía más leve: el vuelo repentino de una perdiz y la transformación que produjo en el paisaje sonoro. Después de su irrupción, las cigarras callaron. El haiku no trata de explicar por qué sucede; se limita a conservar ese instante en que el movimiento de un animal modifica cuanto lo rodea.

Tuve la fortuna de aprender el haiku con Cristina Rascón, escritora y traductora de poesía japonesa. De ella aprendí que escribir un haiku exige algo más difícil que buscar una imagen hermosa: requiere detenerse, atender y dejar que sea el mundo quien se manifieste, sin apresurarnos a interpretarlo.

Cristina Rascón ha creado también, junto con Diana Lucinda González de Cosío, una herramienta de gran utilidad para quienes escriben o estudian haiku: el diccionario Haiku y kigo. Se trata de un kiyose, una versión sintética del saijiki japonés, que permite buscar palabras y conocer la estación, la subestación y la categoría a las que pertenecen. La página contiene un diccionario japonés y otro mexicano, y permite realizar búsquedas tanto en español como en japonés romanizado o, en el segundo caso, en algunas lenguas originarias de México.

Es una invitación a explorar el tiempo a través de las palabras y a descubrir que la naturaleza posee su propio calendario, escrito en sonidos, animales, plantas, celebraciones y pequeños cambios de luz.

Puede consultarse aquí:

Haiku y kigo: diccionario de palabras de estación

martes, 4 de agosto de 2026

FORMA HABITABLE


Tú sabes dónde estoy.
Yo sé qué parte de mí pronuncia todavía tu nombre
sin que nadie la llame.

No tendremos que negar lo que ha sobrevivido
para aprender a estar en esta orilla.
Bastará con no pedirle al agua
que regrese hasta el lugar donde la juventud nos devoraba,
con no medir los años que perdimos
ni abrir una ventana cada noche
hacia la vida que no nos pertenece.

Hablemos de las cosas pequeñas:
la lluvia que ha caído, una anecdota,
el cansancio que dejan ciertas tardes.
Acércate sin prometer caminos,
dejando que el amor sea verdad
sin obligarlo a convertirse en destino.

No será una amistad.
Tampoco aquella hoguera
donde arrojábamos el presente
para alumbrar lo que nunca sucedería.

Será aprender a sostener el fuego
sin llevarlo hasta la casa.

Los dos tenemos las manos llenas de otro tiempo.
Entre nosotros todavía
caben canciones y poemas.
Pero, si no queremos que el viento nos arrase,
habrá que saber cerrar, de cuando en cuando, la puerta.

No nos pidamos olvido.
Tampoco nos pidamos espera.

Conservemos intacto aquel encuentro:
los cuerpos regresando a una edad que ya no existe,
la certeza de habernos reconocido
después de tantos años de silencio.

Quizá esta sea la forma más sublime
de querernos sin mañana,
sin convertir la ausencia en una herida
abierta para comprobar que aún sentimos.

Estar, sencillamente.
Acompañarnos desde la vida que elegimos.

Y cuando el amor desborde sus orillas,
mirarlo frente a frente,
llamarlo por su nombre
y dejarlo pasar.


orilla barca, fuego