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jueves, 16 de julio de 2026

«Ven», de Rafael Alberti: cuando el amor consiste en mirar juntos el viento

 

ven a mirar el viento

"Ven", de Rafael Alberti, es un soneto compuesto por catorce versos endecasílabos, distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos, con rima consonante ABBA ABBA CCD EED.

Esta arquitectura no constituye un simple molde exterior. Los cuartetos presentan la invitación amorosa, el paisaje y la presencia imaginada de quien está ausente. Los tercetos intensifican la resistencia frente a la separación y conducen hacia la identificación final entre el poeta, la canción y el viento.

La forma cerrada del soneto contiene, sin embargo, un movimiento continuo. La expresión "va y viene", la repetición de "mi amor" y la insistencia en los verbos ir, venir y estar producen una sensación de regreso. Las palabras vuelven sobre sí mismas del mismo modo que regresa el viento.

Y, pese a esa elaboración formal, este es uno de esos sonetos que no necesitan grandes declaraciones para hablar del amor. Le bastan un gesto, una invitación y un lugar. Alberti no construye una historia sentimental ni desarrolla un discurso apasionado. Hace algo aparentemente mucho más sencillo. Simplemente invita a la persona amada a sentarse con él para mirar el viento.

Ven, mi amor, en la tarde de Aniene
y siéntate conmigo a ver el viento.

El primer verso sitúa la escena junto al Aniene, río italiano que atraviesa la región del Lacio y desemboca en el Tíber. No es un lugar arbitrario dentro de la poesía de Alberti. Durante sus años italianos, el poeta estuvo estrechamente vinculado al valle del Aniene, territorio que convirtió en materia poética y que da título a Canciones del Alto Valle del Aniene y otros versos y prosas, publicado en 1972.

El paisaje posee, por tanto, una realidad geográfica y biográfica concreta. Sin embargo, dentro del soneto se transforma también en un espacio íntimo: el lugar donde la contemplación de la naturaleza puede ser compartida incluso con quien no se encuentra físicamente presente.

Entonces aparece una de las imágenes más sorprendentes del poema: ver el viento.

El viento es invisible. Solo podemos reconocerlo por aquello que mueve, por sus efectos sobre las hojas, el agua, la ropa o el cuerpo. Alberti no invita a contemplar un objeto, sino a prestar atención a una presencia que no puede verse directamente. Quizá por eso la imagen resulta tan poderosa: amar consiste también en aprender a percibir aquello que no se deja poseer.

A continuación, el poema introduce la ausencia:

Aunque no estés, mi solo pensamiento
es ver contigo el viento que va y viene.

La ausencia no impide la experiencia compartida. La memoria prolonga la mirada y hace posible una compañía que ya no depende de la proximidad física.

Es significativo que Alberti no describa directamente sus emociones. No dice cuánto sufre ni enumera las cualidades de la persona amada. El sentimiento se manifiesta mediante una acción mínima: contemplar juntos un mismo movimiento del mundo.

En este sentido, el soneto parece recordarnos que el amor no siempre necesita hablar de sí mismo. A veces se revela desplazando la atención hacia algo exterior: un río, una tarde, el viento que pasa.

En el segundo cuarteto, la unión entre los amantes se expresa mediante una serie de identificaciones:

Tú no te vas, porque mi amor te tiene.
Yo no me iré, pues junto a ti me siento
más vida de mi sangre, más tu aliento,
más luz del corazón que me sostiene.

La anáfora de "más" introduce un movimiento de intensificación. La presencia de la persona amada no se describe como una posesión, sino como una ampliación de la propia existencia: más vida, más aliento, más luz. El ritmo acumulativo convierte el amor en una fuerza que sostiene al sujeto y ensancha su percepción del mundo.

Los tercetos llevan esa afirmación hasta el límite:

Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras.
Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
aún yéndote, mi amor, jamás te irías.

La reiteración de "no te irás" no niega necesariamente la posibilidad de una separación real. Afirma, más bien, que existen presencias que sobreviven a la distancia y continúan habitando la conciencia de quien recuerda.

En estos versos se establece una tensión entre movimiento y permanencia. La persona amada puede marcharse y, al mismo tiempo, permanecer en el poema. También el viento va y viene sin dejar de ser viento. La pérdida física no equivale, por tanto, a una desaparición absoluta.

El cierre recupera la imagen inicial y le otorga un sentido nuevo:

Es tuya mi canción, en ella estoy.
Y en ese viento que va y viene voy,
y en ese viento siempre me verías.

Al principio, el poeta contemplaba el viento; al final, se identifica con él. Ya no es únicamente quien mira, sino aquello que podrá ser percibido por la persona amada. La canción, la memoria y el viento se funden en una misma forma de presencia.

El verso "Es tuya mi canción, en ella estoy" contiene además una afirmación sobre la propia poesía. El poema no se limita a hablar de una ausencia: se convierte en el lugar donde el poeta permanece. La escritura ofrece así una forma de continuidad frente al tiempo y la separación.

Quizá esa sea la intuición central del soneto: el amor no consiste únicamente en permanecer físicamente al lado de alguien. También puede consistir en llegar a habitar aquello que ambos contemplaron juntos.

Hay personas que se marchan. Y hay otras que, como el viento de Alberti, continúan pasando una y otra vez por nuestra memoria sin desaparecer por completo.

Un eco inesperado: Alberti y Valente

Rafael Alberti y José Ángel Valente pertenecen a momentos diferentes de la poesía española y responden a proyectos estéticos muy distintos. Cualquier aproximación entre ambos debe hacerse, por tanto, con cautela. Sin embargo, este soneto permite advertir un punto de encuentro sugerente.

En «Ven», Alberti no sitúa en el centro la explicación directa del sentimiento. En lugar de decirnos qué siente, propone compartir una mirada:

y siéntate conmigo a ver el viento.

La emoción se manifiesta a través de un acto de atención dirigido hacia el mundo.

Este desplazamiento puede ponerse en diálogo con la concepción valentiana de la poesía como forma de conocimiento. En la escritura de Valente, el poema no se limita a expresar un conocimiento previo del sujeto, sino que constituye el espacio donde ese conocimiento llega a producirse. Como afirma el poeta en "Conocimiento y comunicación": "el acto de su expresión es el acto de su conocimiento" (Valente, 1994, pp. 21-22).

El poema no comunica, por tanto, una experiencia completamente comprendida antes de la escritura. Es durante el proceso creador cuando esa experiencia adquiere forma y puede llegar a ser conocida.

Alberti y Valente recorren, naturalmente, caminos muy distintos. Alberti conserva en este soneto la calidez de la poesía amorosa, la musicalidad de la canción y la armonía de una forma clásica. Valente, en cambio, conduce el lenguaje hacia una depuración más extrema, en la que el silencio, la espera y la indagación adquieren un papel decisivo.

No estamos ante poéticas equivalentes. Alberti afirma la permanencia amorosa mediante la musicalidad, la repetición y la plenitud formal del soneto; Valente suele internarse en un territorio más despojado e incierto. Pero en ambos casos la poesía no se limita a declarar una emoción: permite descubrirla mediante una forma particular de atención y de lenguaje.

Quizá por eso el verso más hermoso del poema no sea una declaración amorosa, sino una invitación aparentemente sencilla:

siéntate conmigo a ver el viento.

Porque, a veces, compartir una mirada constituye una forma más profunda de intimidad que cualquier confesión.


Bibliografía

ALBERTI, Rafael (1972): Canciones del Alto Valle del Aniene y otros versos y prosas (1967-1972). Buenos Aires: Losada.

ALBERTI, Rafael (2002): 101 sonetos. Barcelona: Planeta.

VALENTE, José Ángel (1994): "Conocimiento y comunicación", en Las palabras de la tribu. Barcelona: Tusquets, pp. 19-25.



jueves, 9 de julio de 2026

Lo que queda


No vestir la tragedia.

Una factura en la mesa.
Una palabra sin amparo.
Un silencio con filo de límite.

Costumbre de recoger lo que otros dejan.

No saber vivir de espaldas.

Si una grieta se abre, mirar.
Si una mentira asoma,
la voz se adelanta al miedo.

Esta noche la meta no es vencer.

Solo apoyar la cabeza
en un sitio sin ruido.

También la piedra cede
si el río insiste en ella.

Cansancio:
al final dice la verdad.

Mañana volverá la luz
a rozar lo que queda.

Y seguirá ahí
la mujer que mira
sin bajar los ojos
ante lo real.

Lo que hay



sábado, 4 de julio de 2026

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una

 





universidad de valladolid


Hay trabajos que no caben del todo en las páginas que se entregan. Uno los imprime, los envía, los defiende ante un tribunal, recibe una nota, escucha observaciones, agradece las palabras recibidas; pero sabe que ahí, bajo la apariencia ordenada del documento final, han quedado muchas horas invisibles. Horas de lectura, de duda, de corrección, de entusiasmo, de cansancio, de búsqueda. Horas en las que una idea se abre, se contradice, se afina y vuelve a empezar.

Mi paso por el Máster Universitario en Literatura Española y Estudios Literarios en Relación con las Artes, de la Universidad de Valladolid, ha sido una experiencia intensa, exigente y, sobre todo, profundamente hermosa. Llegué a él después de haber cursado el Grado en Español: Lengua y Literatura, pero también después de una vida muy ligada a la escritura, a la poesía, a los libros, a los talleres y a esa necesidad, que nunca se me ha ido, de seguir aprendiendo.

No llegué vacía. Llegué con una historia detrás. Con poemas escritos, con lecturas acumuladas, con libros publicados, con muchas horas de taller, con dudas antiguas y con preguntas nuevas. Y quizá por eso este máster no ha sido solo una continuación académica, sino también una manera de ordenar, ampliar y reconocer algo que ya venía latiendo desde mucho antes.

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una tiene algo muy especial. No se lee igual cuando ya has vivido mucho. No se entra del mismo modo en un poema, en una imagen o en una teoría. Las palabras ya no son solo materia de estudio. Rozan zonas de la memoria, de la pérdida, de la alegría, de lo aprendido a veces con esfuerzo. Una estudia, sí, pero también se reconoce. Y eso convierte el aprendizaje en algo más hondo, más íntimo, más verdadero.

A lo largo del curso, una de las cosas que más he disfrutado ha sido el diálogo entre la literatura y las artes. La palabra en contacto con la imagen, con la pintura, con el cine, con la escena, con la música, con otras formas de mirar el mundo. Esa mirada interdisciplinar ha sido, para mí, uno de los grandes regalos del máster. Me ha recordado que la literatura no vive encerrada en sí misma, sino que conversa constantemente con todo lo que somos: con la cultura, con la historia, con la sensibilidad, con la vida.

Durante la defensa de mi Trabajo Fin de Máster se habló también del tiempo de trabajo. Detrás de un TFM hay muchas horas que no se ven: lecturas, notas, correcciones, dudas, cambios de enfoque, búsquedas que se abren y se cierran. En mi caso, fue un proceso muy intenso, sostenido por el esfuerzo, pero también por el entusiasmo. Porque hay momentos en que una investigación deja de ser solo obligación académica y se convierte en una forma de comprender algo que nos importa profundamente.

Mi Trabajo Fin de Máster nació precisamente de una pregunta que me acompañó durante meses: qué ocurre con el sujeto en ciertas formas de la poesía moderna, especialmente en José Ángel Valente y en el haiku. Al principio, trabajé con nociones como impersonalidad y despersonalización, que ayudan a pensar esa retirada del yo tan presente en la poesía contemporánea. Pero poco a poco fui viendo que no bastaban del todo. No se trataba simplemente de que el sujeto desapareciera, sino de que cambiaba de lugar.

Ahí apareció una palabra decisiva para mí: atención. La atención como una forma de escucha, de apertura, de disponibilidad ante lo real. En Valente y en el haiku encontré una poética donde el yo deja de imponerse como centro dominante y aprende a retirarse un poco, a hacer sitio, a dejar que el mundo aparezca. Esa ha sido una de las intuiciones más importantes de mi trabajo: que la poesía no siempre consiste en decir más, sino en mirar mejor; no siempre en llenar la página, sino en saber dejar en ella un espacio donde algo pueda respirar.

El proceso no estuvo libre de inseguridades. Sería imposible decir lo contrario. Hubo momentos de duda, de cansancio, de preguntarme si estaba enfocando bien el camino, si el trabajo tenía la solidez necesaria, si lograría decir con claridad aquello que intuía. Pero ahora, al mirar atrás, creo que esas dudas también formaban parte del aprendizaje. Investigar no consiste en tenerlo todo claro desde el principio, sino en atreverse a permanecer dentro de una pregunta, incluso cuando todavía no sabemos del todo a dónde nos lleva.

La defensa del TFM fue uno de esos momentos que se quedan guardados con una mezcla de nervios, emoción y gratitud. Después de tantas horas de trabajo, sentir que el tribunal había leído con atención, que reconocía la solidez de la propuesta y que además sugería caminos posibles para ampliarla, fue muy emocionante. No solo por la valoración académica, sino por algo más sencillo y más profundo: la sensación de que todo ese esfuerzo había sido recibido, leído y comprendido.

Agradezco mucho el acompañamiento de Alfonso, mi tutor, durante este camino. Su orientación ha sido fundamental en el desarrollo del trabajo. En una investigación, la figura del tutor importa mucho, porque una necesita a alguien que sepa señalar, sugerir, ordenar y, al mismo tiempo, dejar espacio para que el pensamiento propio encuentre su respiración.

Agradezco también a los profesores del máster las lecturas, las preguntas, los enfoques y las herramientas que han ido dejando huella a lo largo del curso. A veces una no sabe en el momento exacto qué semilla está recibiendo; solo más tarde descubre que una clase, una observación o una lectura han abierto una puerta que ya no se cierra.

Termino este máster con una felicidad muy grande. Con cansancio, sí, pero también con una alegría serena, de esas que iluminan por dentro. No siento que haya llegado a un final cerrado, sino más bien a un umbral. Hay trabajos que, al concluirse, siguen pidiendo continuidad. Hay preguntas que no se agotan en una defensa ni en una calificación. Y quizá por eso, junto a la satisfacción de haber terminado, queda también una pequeña llamada: la posibilidad de seguir pensando, de ampliar el marco, de abrir nuevas lecturas, de continuar, de algún modo, una investigación que ha tocado una zona muy viva de mi relación con la poesía.

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una no es volver atrás. Es descubrir que todavía hay habitaciones encendidas dentro de nosotros. Es sentarse otra vez ante los libros, no desde la prisa de quien busca solo un título, sino desde la gratitud de quien sabe que aprender también puede ser una forma de renacer.

Para mí, este máster ha sido eso: un tiempo de esfuerzo y de luz. Una casa abierta en medio del camino. Un lugar donde la literatura, el arte y la vida han vuelto a encontrarse. Y una confirmación íntima de que la palabra sigue siendo, todavía, una forma de atención, de búsqueda y de esperanza.