-head-content'/> La palabra más mía : julio 2026

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jueves, 16 de julio de 2026

«Ven», de Rafael Alberti: cuando el amor consiste en mirar juntos el viento

 

ven a mirar el viento

Este es uno de esos poemas que no necesita grandes declaraciones para hablar del amor. Basta un gesto. Una invitación. Un lugar. En "Ven", Rafael Alberti no construye un discurso apasionado ni una historia sentimental. Hace algo mucho más delicado. Invita a la persona amada a sentarse con él para mirar el viento.

Ven, mi amor, en la tarde de Aniene
y siéntate conmigo a ver el viento.

El primer verso sitúa la escena en el Aniene, un río italiano que desemboca en el Tíber y que, desde la Antigüedad, ha sido lugar de contemplación y de belleza. Sin embargo, el río apenas importa como paisaje concreto. Alberti lo convierte en un espacio poético donde la naturaleza deja de ser un decorado para transformarse en experiencia compartida.

Y entonces aparece una de las imágenes más sorprendentes del poema: ver el viento.

El viento, por definición, es invisible. Solo podemos reconocerlo por aquello que mueve. Alberti no invita a contemplar un objeto, sino un fenómeno que apenas puede percibirse. Quizá por eso la imagen resulta tan poderosa: amar consiste también en aprender a mirar aquello que no puede poseerse.

A continuación, el poema introduce un giro inesperado:

Aunque no estés, mi solo pensamiento
es ver contigo el viento que va y viene.

La ausencia no impide la experiencia compartida. El amor permanece incluso cuando el otro no está físicamente presente. La memoria prolonga la mirada y hace posible una compañía que ya no depende de la proximidad.

Es significativo que Alberti no describa emociones. No dice cuánto sufre ni cuánto desea. Todo ocurre a través de una acción sencilla: mirar juntos un mismo paisaje.

En este sentido, el poema parece recordarnos que el amor verdadero no siempre necesita hablar de sí mismo. A veces se manifiesta desplazando la atención hacia el mundo.

El viento, además, introduce una hermosa paradoja. Va y viene continuamente, cambia sin cesar y, sin embargo, permanece siendo viento. Esa misma tensión aparece después en unos versos de enorme belleza:

Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras.
Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
aún yéndote, mi amor, jamás te irías.

No se trata de negar la separación física, sino de afirmar que existen presencias que sobreviven al tiempo, a la distancia e incluso a la ausencia.

El cierre del poema vuelve sobre la imagen inicial:

Es tuya mi canción, en ella estoy.
Y en ese viento que va y viene voy,
y en ese viento siempre me verías.

El poeta termina identificándose con el propio viento. Ya no es simplemente quien lo contempla; acaba formando parte de él. La canción, la memoria y el viento se funden en una misma presencia.

Quizá esa sea la verdadera lección del poema. El amor no consiste únicamente en permanecer al lado de alguien. Consiste en llegar a habitar aquello que ambos miraron juntos. Cuando eso sucede, incluso la ausencia deja de ser una forma de desaparición.

Porque hay personas que se marchan. Y hay otras que, como el viento de Alberti, continúan pasando una y otra vez por nuestra memoria sin dejar nunca de estar.

Un eco inesperado: Alberti y Valente

Aunque Rafael Alberti y José Ángel Valente pertenecen a momentos muy distintos de la poesía española y responden a proyectos estéticos diferentes, este poema deja entrever un punto de encuentro que resulta sugerente.

En "Ven", Alberti no construye el poema alrededor de la expresión directa del sentimiento. En lugar de decirnos qué siente, invita a compartir una mirada:

"...siéntate conmigo a ver el viento".

La emoción no ocupa el centro del poema; lo ocupa el acto de atención dirigido hacia el mundo.

En este aspecto, el poema recuerda una de las intuiciones fundamentales de José Ángel Valente: el desplazamiento del yo para permitir que la realidad se manifieste en la palabra. En la escritura valentiana, el lenguaje busca retirarse de la afirmación del sujeto para convertirse en espacio de revelación, donde el mundo habla antes que el propio poeta.

Naturalmente, ambos llegan a ese lugar por caminos muy distintos. Alberti conserva la calidez de la poesía amorosa y una musicalidad cercana a la canción. Valente, en cambio, persigue una depuración extrema del lenguaje, donde el silencio adquiere un papel esencial. Pero en ambos casos encontramos una misma confianza en que la poesía no nace únicamente de la emoción, sino también de una forma de mirar.

Quizá por eso el verso más hermoso del poema no sea una declaración amorosa, sino una invitación aparentemente sencilla:

"Siéntate conmigo a ver el viento".

Porque, a veces, compartir una mirada constituye una forma más profunda de intimidad que cualquier confesión.



jueves, 9 de julio de 2026

Lo que queda


No vestir la tragedia.

Una factura en la mesa.
Una palabra sin amparo.
Un silencio con filo de límite.

Costumbre de recoger lo que otros dejan.

No saber vivir de espaldas.

Si una grieta se abre, mirar.
Si una mentira asoma,
la voz se adelanta al miedo.

Esta noche la meta no es vencer.

Solo apoyar la cabeza
en un sitio sin ruido.

También la piedra cede
si el río insiste en ella.

Cansancio:
al final dice la verdad.

Mañana volverá la luz
a rozar lo que queda.

Y seguirá ahí
la mujer que mira
sin bajar los ojos
ante lo real.

Lo que hay



sábado, 4 de julio de 2026

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una

 





universidad de valladolid


Hay trabajos que no caben del todo en las páginas que se entregan. Uno los imprime, los envía, los defiende ante un tribunal, recibe una nota, escucha observaciones, agradece las palabras recibidas; pero sabe que ahí, bajo la apariencia ordenada del documento final, han quedado muchas horas invisibles. Horas de lectura, de duda, de corrección, de entusiasmo, de cansancio, de búsqueda. Horas en las que una idea se abre, se contradice, se afina y vuelve a empezar.

Mi paso por el Máster Universitario en Literatura Española y Estudios Literarios en Relación con las Artes, de la Universidad de Valladolid, ha sido una experiencia intensa, exigente y, sobre todo, profundamente hermosa. Llegué a él después de haber cursado el Grado en Español: Lengua y Literatura, pero también después de una vida muy ligada a la escritura, a la poesía, a los libros, a los talleres y a esa necesidad, que nunca se me ha ido, de seguir aprendiendo.

No llegué vacía. Llegué con una historia detrás. Con poemas escritos, con lecturas acumuladas, con libros publicados, con muchas horas de taller, con dudas antiguas y con preguntas nuevas. Y quizá por eso este máster no ha sido solo una continuación académica, sino también una manera de ordenar, ampliar y reconocer algo que ya venía latiendo desde mucho antes.

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una tiene algo muy especial. No se lee igual cuando ya has vivido mucho. No se entra del mismo modo en un poema, en una imagen o en una teoría. Las palabras ya no son solo materia de estudio. Rozan zonas de la memoria, de la pérdida, de la alegría, de lo aprendido a veces con esfuerzo. Una estudia, sí, pero también se reconoce. Y eso convierte el aprendizaje en algo más hondo, más íntimo, más verdadero.

A lo largo del curso, una de las cosas que más he disfrutado ha sido el diálogo entre la literatura y las artes. La palabra en contacto con la imagen, con la pintura, con el cine, con la escena, con la música, con otras formas de mirar el mundo. Esa mirada interdisciplinar ha sido, para mí, uno de los grandes regalos del máster. Me ha recordado que la literatura no vive encerrada en sí misma, sino que conversa constantemente con todo lo que somos: con la cultura, con la historia, con la sensibilidad, con la vida.

Durante la defensa de mi Trabajo Fin de Máster se habló también del tiempo de trabajo. Detrás de un TFM hay muchas horas que no se ven: lecturas, notas, correcciones, dudas, cambios de enfoque, búsquedas que se abren y se cierran. En mi caso, fue un proceso muy intenso, sostenido por el esfuerzo, pero también por el entusiasmo. Porque hay momentos en que una investigación deja de ser solo obligación académica y se convierte en una forma de comprender algo que nos importa profundamente.

Mi Trabajo Fin de Máster nació precisamente de una pregunta que me acompañó durante meses: qué ocurre con el sujeto en ciertas formas de la poesía moderna, especialmente en José Ángel Valente y en el haiku. Al principio, trabajé con nociones como impersonalidad y despersonalización, que ayudan a pensar esa retirada del yo tan presente en la poesía contemporánea. Pero poco a poco fui viendo que no bastaban del todo. No se trataba simplemente de que el sujeto desapareciera, sino de que cambiaba de lugar.

Ahí apareció una palabra decisiva para mí: atención. La atención como una forma de escucha, de apertura, de disponibilidad ante lo real. En Valente y en el haiku encontré una poética donde el yo deja de imponerse como centro dominante y aprende a retirarse un poco, a hacer sitio, a dejar que el mundo aparezca. Esa ha sido una de las intuiciones más importantes de mi trabajo: que la poesía no siempre consiste en decir más, sino en mirar mejor; no siempre en llenar la página, sino en saber dejar en ella un espacio donde algo pueda respirar.

El proceso no estuvo libre de inseguridades. Sería imposible decir lo contrario. Hubo momentos de duda, de cansancio, de preguntarme si estaba enfocando bien el camino, si el trabajo tenía la solidez necesaria, si lograría decir con claridad aquello que intuía. Pero ahora, al mirar atrás, creo que esas dudas también formaban parte del aprendizaje. Investigar no consiste en tenerlo todo claro desde el principio, sino en atreverse a permanecer dentro de una pregunta, incluso cuando todavía no sabemos del todo a dónde nos lleva.

La defensa del TFM fue uno de esos momentos que se quedan guardados con una mezcla de nervios, emoción y gratitud. Después de tantas horas de trabajo, sentir que el tribunal había leído con atención, que reconocía la solidez de la propuesta y que además sugería caminos posibles para ampliarla, fue muy emocionante. No solo por la valoración académica, sino por algo más sencillo y más profundo: la sensación de que todo ese esfuerzo había sido recibido, leído y comprendido.

Agradezco mucho el acompañamiento de Alfonso, mi tutor, durante este camino. Su orientación ha sido fundamental en el desarrollo del trabajo. En una investigación, la figura del tutor importa mucho, porque una necesita a alguien que sepa señalar, sugerir, ordenar y, al mismo tiempo, dejar espacio para que el pensamiento propio encuentre su respiración.

Agradezco también a los profesores del máster las lecturas, las preguntas, los enfoques y las herramientas que han ido dejando huella a lo largo del curso. A veces una no sabe en el momento exacto qué semilla está recibiendo; solo más tarde descubre que una clase, una observación o una lectura han abierto una puerta que ya no se cierra.

Termino este máster con una felicidad muy grande. Con cansancio, sí, pero también con una alegría serena, de esas que iluminan por dentro. No siento que haya llegado a un final cerrado, sino más bien a un umbral. Hay trabajos que, al concluirse, siguen pidiendo continuidad. Hay preguntas que no se agotan en una defensa ni en una calificación. Y quizá por eso, junto a la satisfacción de haber terminado, queda también una pequeña llamada: la posibilidad de seguir pensando, de ampliar el marco, de abrir nuevas lecturas, de continuar, de algún modo, una investigación que ha tocado una zona muy viva de mi relación con la poesía.

Volver a estudiar cuando la vida ya ha escrito en una no es volver atrás. Es descubrir que todavía hay habitaciones encendidas dentro de nosotros. Es sentarse otra vez ante los libros, no desde la prisa de quien busca solo un título, sino desde la gratitud de quien sabe que aprender también puede ser una forma de renacer.

Para mí, este máster ha sido eso: un tiempo de esfuerzo y de luz. Una casa abierta en medio del camino. Un lugar donde la literatura, el arte y la vida han vuelto a encontrarse. Y una confirmación íntima de que la palabra sigue siendo, todavía, una forma de atención, de búsqueda y de esperanza.