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domingo, 13 de septiembre de 2026

MUERO

 

Han vuelto las palabras.

Vienen de muy lejos.
Traen cuerpos equivocados.

La piel habla otro idioma,
pronuncia despacio
los nombres que tuvimos.

Nadie nos absuelve.

Tus manos llegan antes.
No preguntan.
Abren la habitación
tapiada de años.

Somos la hora equivocada.

Conocemos
la mala educación del tiempo:

entra sin llamar,
se lleva los muebles.

Dentro
arde una cama.

Tu boca encuentra la mía
al otro lado de los años.

El calendario cae al suelo.
No se rompe.

No hay infinito.

Hay una habitación,
tu respiración,
la mía.

Todavía el fuego.

Después, tus ojos.

Entro en ellos.
Cierro por dentro

y así,
viviéndote,
muero.


Muero


Cuando el poema empieza a escribir al poeta

Hay un momento, difícil de señalar, en que el oficio deja de consistir en encontrar palabras y empieza a consistir en quitarlas.

Durante mucho tiempo creí que escribir era decir mejor lo que sentía. Después pensé que consistía en aprender de quienes admiraba. Más tarde llegaron el haiku, la atención, la lectura de Valente y tantos otros autores que fueron ensanchando mi manera de mirar. Sin embargo, algo seguía resistiéndose. Los poemas gustaban. Algunos recibieron premios. Pero yo seguía sintiendo que aún no había llegado al lugar donde quería escribir.

Con el tiempo comprendí que la dificultad no estaba en encontrar una voz, sino en dejar de ocupar todo el espacio con ella. No se trataba de eliminar el yo por una cuestión estética. Se trataba de permitir que el poema respirara. Dejar que una factura sobre una mesa, una grieta en una pared o una palabra como cansancio hablaran por sí mismas, sin la necesidad constante de explicarlas.

He descubierto que escribir no siempre consiste en añadir. A veces consiste en escuchar qué palabras ya pueden marcharse. Quizá ese sea el verdadero aprendizaje: dejar que el lenguaje haga su trabajo antes de imponerle el nuestro. Pienso ahora en dos imágenes que, sin buscarlo, han acabado representando este recorrido.

La primera muestra a una mujer recogida en una cueva, sosteniendo un espejo roto. Durante mucho tiempo pensé que ese espejo hablaba de una herida. Hoy creo que hablaba de una mirada que estaba cambiando; la segunda imagen muestra a una escriba en una biblioteca. Ya no contempla el espejo. Tacha. Espera. Escucha. Comprende que un poema no nace cuando encontramos la frase más brillante, sino cuando somos capaces de reconocer la palabra que sobra.

Tal vez todos los que escribimos atravesamos etapas semejantes. Primero queremos decir. Después queremos escribir bien. Solo más tarde descubrimos que el verdadero trabajo consiste en atender. Y atender no es únicamente mirar el mundo con más precisión. Es dejar que el mundo sienta en nosotros, permitir que su peso, su belleza y su intemperie atraviesen el lenguaje antes de convertirlos en explicación.

Desde ese instante, el poema deja de ser un lugar donde hablamos del mundo para convertirse en un lugar donde el mundo, por un momento, habla a través de nosotros.