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sábado, 25 de noviembre de 2017
martes, 14 de noviembre de 2017
La conciencia
Me impacienté. La espera se volvió insoportable, como un zumbido dentro del cráneo. Llamé en voz alta:
—¡Quiero sentirte!
No hubo respuesta. El aire se contrajo, espeso, inmóvil. Volví a llamar, con más furia, con más miedo. Tampoco entonces me respondió.
Grité su nombre una y otra vez hasta desgarrarme la garganta.
Solo el silencio sepulcral me contestó, roto por el leve crujido de las castañas asándose en la lumbre.
Aquella calma olía a renuncia.
No quería enfrentarse a mí.
Seguro pensaba que yo era un monstruo.
No, no… Estaba equivocada.
El monstruo era ella: grande, desproporcionada, invasiva.
Habitaba las mentes vacías y las llenaba de miedo, de vergüenza, de dolor.
Yo solo quería hallarla, arrancarla de su escondite, mirarla de frente.
Mi desesperación era tan inmensa que registraba cada cerebro que encontraba, buscando sus rastros, sus huellas viscosas entre los pliegues del pensamiento.
Decían que no era algo tangible, que su existencia era apenas un síntoma.
Mentían.
Yo lo sabía.
Hoy he metido en formol tres cerebros.
Mi día estaba cumplido.
Me quedé observando los cuerpos sin vida. Aún me miraban con los ojos muy abiertos, como si guardaran el secreto que yo no lograba descifrar.
Entonces pensé:
¿Y si la respuesta estuviera ahí?
Sí… eso debía ser.
Tomé una castaña del fuego y me la llevé a la boca. El sabor era dulce, terroso, antiguo.
Mientras masticaba, descendí al fondo de mi propio abismo.
Allí, en ese silencio que ya no era del mundo, supe que, al fin, la encontraría.
miércoles, 25 de octubre de 2017
viernes, 15 de septiembre de 2017
martes, 5 de septiembre de 2017
Oleaje
jueves, 1 de junio de 2017
Un recuerdo
Puedes ignorar, borrar, destruir,
hacer como si nunca hubiese existido.
Pero siempre saldrá a flote el sentimiento
de lo que los dos fuimos.
Puedes negarme hasta perder la cordura
y gritarle al mundo: «No la quiero».
Poco importa, porque desde hoy,
para ti, solo seré un recuerdo.
Búscame
No me busques
donde el espacio dejó de ser la esperanza,
donde la oquedad de mi mente palpita un adiós,
donde mis preguntas se contestaban solas.
No me busques
donde la esperanza yace muerta en el olvido,
donde los ojos no confirmen tus palabras,
donde nuestras risas formaban ecos distintos.
No me busques
donde nunca regresaste,
donde moría cada mañana detrás de tu sonrisa,
donde sabes que no podrás hallarme.
No me busques
donde la veracidad de tus hechos se amaga en sombras,
donde se desliza el rastro ruin de nada,
donde discurren la incertidumbre y lo inconcebible.
Si aún crees que estás a tiempo,
búscame,
búscame
donde se encuentre la verdad de tu palabra,
donde nos haya curado el recuerdo,
donde las promesas no sean quimeras,
allí donde la fe en ti renazca.
domingo, 5 de marzo de 2017
jueves, 24 de noviembre de 2016
Biblioteca
Recuerdos de mi niñez
Literatura infanltil
Los Hollister y el reloj de cucu
Sissi emperatriz
Mujercitas
En algunas zonas se vuelve oscura
Dracula
Mágico poder de la brujería
Robin Cook por todas partes
Tratamiento letal
Manual de experimentos para psíquicos
Combinación de oscuridad y alegría
Poetas olvidados en las esquinas
Juan Berhier
Poesía en seis tiempos
rezuma olor a papel viejo
El año sabático
Me regodeo, me pierdo
Por dónde empiezo a leer.
martes, 15 de noviembre de 2016
Árbol centenario
No me acuerdo de olvidarte. Todavía te veo en el porche, con la mirada perdida en el horizonte, mientras tus dedos golpeaban el teclado buscando una salida en cada palabra.
Yo te acercaba un café —el mismo de todas las tardes— y te preguntaba con una mezcla de ternura y rutina:
—¿Qué tal va ese libro, cariño?
Ofuscado, sin apartar los ojos de la pantalla, respondías siempre lo mismo:
—Borro más de lo que escribo. No le veo el fin a esto.
La curiosidad pudo más que el respeto. Una noche, vencida por la impaciencia, descifré tu contraseña y leí.
Desde entonces sé que hay verdades que no deberían tocarse con los ojos.
Hoy soy yo quien se sienta en el porche. El árbol centenario sigue frente a la casa, inmóvil, testigo de todo. No siento pena, solo una calma extraña. Intento olvidar aquella noche en la que te enterré junto a tu portátil, bajo la raíz más profunda.
El árbol continúa creciendo. Guarda tu secreto. Y el mío.








