Por mucho que mi mano se llene de tu piel en un momento
y mis dedos tecleen mil y un versos,
queda una grieta irreparable.
Recuerdo cuando tu boca se iba de la mía en un suspiro
y yo me quedaba colgada de tu aliento hasta la próxima vez.
¡Tanto te amaba, amor mío!
Palpitabas en cada una de mis palabras.
Corríamos locos y libres por nuestros cuerpos,
embriagados, lascivos, queriendo más…
Ahora somos dos seres partidos,
rotos en lo que pudo ser y no fue,
ceniza aún tibia entre las sábanas.
Atrincherados en un pequeño rayo de luz,
yo pensándote, tú recordándome.
Y así caemos tumbados,
uno y el otro,
en la distancia opaca del abismo,
llorando orgasmos ausentes.
Raquel Fraga

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