Hace unos días, preparando el recital poético de final de curso que celebraremos el próximo 12 de junio, a las 12:15, en el CIM de Altea, surgió una conversación que me hizo pensar.
Mientras ensayábamos los poemas que cada uno va a leer, uno de los alumnos me preguntó si podía hacer una pequeña explicación antes de declamar el suyo. Algo breve —me dijo— para que el público entendiera mejor el poema.
Le respondí, medio en serio medio en broma, que yo prefería que no. Que cada cual es libre de hacer lo que quiera, por supuesto, pero que quizá el poema debía llegar primero solo, sin muletas, sin instrucciones previas, sin alguien indicándonos de antemano qué debemos sentir o interpretar.
Y entonces pensé en la cantidad de veces que sucede esto en recitales, presentaciones o incluso conversaciones cotidianas sobre poesía. El poeta comienza diciendo: “Este poema habla de…”, o “Lo escribí cuando…”, y sin darse cuenta empieza a cerrar algunas puertas antes incluso de haber leído el primer verso.
No siempre ocurre, claro. A veces una breve contextualización puede ser hermosa. Pero existe también el riesgo de reducir el poema a una explicación, como si la poesía tuviera que justificarse o traducirse inmediatamente a un significado concreto.
Y quizá ahí se pierda algo importante.
Porque muchas veces el poema sabe más que quien lo escribe.
O, dicho de otra manera, hay poemas que nacen de un lugar que todavía no comprendemos del todo. Uno empieza a escribir movido por una imagen, un ritmo, una sensación difícil de nombrar. Algo insiste. Algo pide lenguaje. Y solo más tarde —a veces años después— entendemos parcialmente qué estaba ocurriendo allí.
Por eso me gusta que el poema llegue primero desnudo al lector o al oyente. Que encuentre su propia respiración en quien escucha. Que cada persona complete el sentido desde su memoria, sus heridas, sus preguntas o incluso desde aquello que no sabe explicar.
La poesía no funciona siempre como un mensaje cerrado. Se parece más a una puerta entreabierta.
Y quizá por eso algunos poemas que parecen muy claros se olvidan pronto, mientras otros permanecen dentro de nosotros sin que sepamos exactamente por qué.
Tal vez ahí, precisamente ahí, comienza la verdadera poesía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario