No en la hora vulgar, ya de aquel olvido,
sino donde la tarde al alba espera,
volverá a arder la sangre verdadera
sobre el mármol del tiempo detenido.
No pedirá la culpa lo perdido,
ni abrirá su prisión la antigua fiera;
sólo verá la luz, tan grave y entera,
lo que en sombra quedó, nunca extinguido.
Morirá, al fin, el huésped de esos días,
la pálida ficción, sombra evidente,
que alimentó en silencios utopías.
Y quedarán, al borde del presente,
dos almas que "desnudas poesías" ,
se reconocen, por fin, frente a frente.

Tan delicada es la textura de este soneto que resiste sucesivas lecturas, anima a reflexionar sobre el tiempo, alienta a descubrir lo no dicho. Es un placer leerlo en soledad, a la lumbre de una vela.
ResponderEliminarGracias por la lectura, Raul.
EliminarEl poema intenta justamente eso, sostener lo que no se dice del todo.
Si en tu lectura ese espacio se abre, entonces el poema ocurre.
¿Por qué este soneto me evoca a Bécquer? Esas dos almas que se reconocen, por fin, frente a frente y que se asoman al presente, son una imagen de preciosas armonías. Magnífica Raquel, como siempre.
ResponderEliminarGracias por la lectura, Dolores.
EliminarQuizá esa resonancia con Bécquer tenga que ver con ese instante de reconocimiento que el poema busca sostener.
Pero más que una armonía cerrada, me interesa que ese encuentro quede en tensión, apenas en el borde de decirse.