No sé dónde quedó tu primavera,
si en mis bolsillos llenos de pájaros,
en los pliegues oxidados del calendario,
o en la esquina de un sueño
donde las estatuas bostezan.
Yo escucho tu voz
y me llega como un río cansado
que arrastra relojes y paraguas rotos,
como una lámpara que aún arde
en el sótano de la luna.
Aunque el viento derribe ventanas,
tus llamas siguen escondidas
en la despensa de mi memoria.
No me debes nada:
el amor nunca se mide en cuentas,
es una moneda de humo
que se entrega, se pierde, se inventa,
y aun así permanece,
hilo secreto que no se corta
aunque la tijera esté afilada.
Si hablas con tu soledad,
sabrás que la mía te acompaña:
es un perro sin nombre,
es una sombra que fuma a escondidas,
es un latido que aún escribe
tu nombre en los espejos empañados.
Y aunque las estaciones cambien
y el jardín se disfrace de cementerio,
hay semillas secretas
esperando otra lluvia,
otro sol cansado,
otro temblor de alas clandestinas.
Quizás la primavera que buscas
no se ha ido:
quizás duerme en un vagón vacío,
esperando que un gesto,
una nota,
un regreso de fuego,
la despierte de nuevo
con zapatos de mariposa.
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Raquel Fraga